jueves, 14 de agosto de 2014

Sinsentidos Estivales y Céntimos Culturales

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El gobierno español demuestra año tras año que es un animal homeotermo, esto es, un animal de sangre caliente que hiberna con el frío. Aunque analizando en detalle su actitud, quizá sería más correcto decir que es un poiquilotermo (de sangre fría), y que está orgullosamente adscrito a las sectas de la política más rancia.

Con la llegada del verano, de las vacaciones, los peludos y famélicos dirigentes del PP salen de sus cuevas y se dedican a redactar leyes con los ojos todavía llenos de legañas -de ahí lo difuso de sus pretensiones-, fantaseando con tijeras y recortes y putadas muy diversas... Estas leyes, pese a influir en asuntos de un importante calado simbólico y social, se aprueban cuando nadie mira con el objeto de beneficiar a pequeños lobbies contrarios al progreso humano, y también para no perjudicar la elaborada fachada de patrañas ideada para engañar al electorado.

Un ejemplo de estos vómitos legislativos fue el Canon AEDE, pero hay más: los medios de desinformación nos sorprendían hace unos días con la cantinela de que las bibliotecas tendrán que pagar derechos de autor a partir del 1 de enero de 2016, para cuando el fascismo no sea una mera sombra, sino una estatua de hormigón bien grande, pongamos de diez metros. Así, a los órganos represores les resultará muy sencillo controlar la cultura (posiblemente opuesta al régimen) que se genera y distribuye fuera del sistema educativo -que ya estará para entonces supeditado a la voluntad de nuestro amado líder y posiblemente en manos de la Iglesia-. En casa hemos empezado a coser esvásticas y aguiluchos a todas las prendas de ropa, para que cuando llegue el momento no nos pillen desprevenidos.

Básicamente, por cada usuario afiliado y por cada libro prestado, estas entidades públicas deberán desembolsar un canon a todo punto esperpéntico. Podemos redondear la cifra, incluyendo ambas partidas, en torno a unos 15-20 céntimos por ejemplar. En una biblioteca de unos 80.000 afiliados con un volumen de préstamos razonable, eso supondría unos 6.000 € al año. Desconozco el margen presupuestario del que disponen, pero no es un gasto para tomarse a la ligera, a menos que decidan abrir una barra americana dentro de sus instalaciones para compensar.

Que sea una imposición de la Unión Europea que el gobierno español llevaba años esquivando no deja de confirmar la necesidad de salir de esa madriguera de ratas. La alianza de países europeos se ha perdido por el camino y no es más que un perrito faldero de USA, cuyos misiles se encuentran en proceso de recalibración contra el orbe ruso.

No obstante, los centros incluidos dentro del sistema docente español -¿existe?- estarán exentos de pagar este canon, al igual que los municipios de menos de 5.000 habitantes. De otro modo, lo que ya es un despropósito bastante soberano, sería un despropósito de proporciones imperiales. Nada fuera de lo habitual en la península Ibérica, ojo, tan prolija en corruptelas, tan propensa a estornudar cuando se habla de cambiar las bases de nuestra democracia o de proponer avances radicales pero necesarios.

Y más allá de lo razonable o de lo que el mercado dicta como justo, que daría para ríos de tinta, hay que centrarse en las implicaciones subyacentes: el gobierno busca asediar y asfixiar económicamente a las entidades que promueven y difunden cultura libremente. Una cultura que ayuda, en teoría, al desarrollo de las personas, a ser más críticas y mentalmente independientes de una verdad oficial manipulada sin denuedo. ¿Interesa una población así? Claro que no.

Con un poco de suerte, dentro de unas décadas y después de una guerra mundial en la que volarán las bombas nucleares por encima de nuestras cabezas, la gente mirará atrás y se percatará de lo estúpidos e inmorales que son los derechos de autor llevados al extremo (entre otras cosas). Todavía hoy hay muchos escritores, músicos y cineastas que se piensan que los "préstamos o las descargas" les restan ventas. ¿Es eso lo único que importa?

¿Seremos capaces de recapacitar? ¿Abrazaremos un progreso exento de interés económico y caminaremos de la mano hacia la cooperación entre todos los pueblos, por el bien de nuestra especie y de las que nos rodean...? ¿O seguiremos obviando a aquellos que no tienen dinero, incluso cuando el hambre y la enfermedad se cobran sus vidas, para salvaguardar los derechos inventados de los timoneles del capital?

martes, 5 de agosto de 2014

Mediocridad y Epidemias

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No suelo ver las noticias, salvo cuando no tengo nada mejor que hacer y me apetece una pequeña dosis de masoquismo. Entonces, con la mente bien despejada y dispuesta a ser asediada por horribles acontecimientos, quizá equiparables a una violación mental, enciendo la televisión y observo expectante la retahíla diaria de mentiras, que empieza a propagarse por la estancia adquiriendo tintes fatalistas.

Primero, para que la gente no se olvide de la basura de sociedad en la que vive y considere con otros ojos el suicidio a modo de vía de escape, los medios de desinformación nos agasajan con unos veinte minutos de casos de corrupción -los hay de todos los colores y gustos-, declaraciones -¿o rebuznos?- de representantes políticos que corroboran con ellas su nula actividad cerebral o aprobaciones clandestinas exprés de leyes en período estival.

Si bien existe la sospecha manifiesta de que un porcentaje de esos casos de corrupción saltan a las noticias por ajustes de cuentas y venganzas entre políticos, las noticias fluyen sin cesar y, lo que es más triste, sin una crítica directa hacia los protagonistas de la trama correspondiente; es mera información aséptica, temerosa de prender la mecha, no sea que la cadena de TV se pille los dedos con la puerta y el ministerio de propaganda les cierre el grifo.

Tal cargo público sustrajo X millones de euros; tenía dinero oculto en cuentas suizas; defraudaba a Hacienda y abusaba de tigres indefensos... La clave radica en dar la sensación de que se están limpiando los organismos públicos, de que la democracia se está depurando, e implantar la idea de que, paradójicamente, la crisis hizo mucho "bien" al sistema. Se escogen unos corruptos prescindibles para que paguen por sus fechorías (cabezas de turco), y el resto de malhechores podrá seguir adelante sin sospechas. No te equivoques, no seas tan ingenuo: están todos en el ajo. Los políticos honestos duran poco ahí arriba.

Luego vienen los casos internacionales, habitualmente referentes a guerras y epidemias, todas ellas creadas en laboratorios (políticos y químicos). Por supuesto, estos contenidos van aderezados con muchas imágenes de muerte y desolación, de hambruna y peste, de niños muertos tirados por el suelo, de casas familiares bombardeadas por el hijo de puta de turno al cargo de un gobierno más hijo de puta que él incluso... Tenemos suerte de vivir en democracia y no en esos países tan inestables (una inestabilidad muy beneficiosa para occidente).

No importa, dado el caso, que el grupo que hoy bombardea a los inocentes antaño fuera una etnia aterrorizada y masacrada por la Alemania nazi, lo que debería hacerles recapacitar como poco. Tampoco importa que poco después de las imágenes de desnutrición nos presenten a futbolistas forrados; acostumbrados a la barbarie y el dolor -inmunizados-, las personas olvidan en un santiamén el sufrimiento ajeno y se concentran con mayor ahínco en la manutención de un Yo aislado del exterior. La humanidad no es lógica, ni siquiera humana; solo es una grandísima hija de puta disfrazada de inocente.

Una vez solventados los pormenores de la guerra, los horrores de tierras lejanas que nunca amenazarán nuestros remilgados traseros, a salvo tras un infame muro de cristal, el telediario pasa a los crímenes nacionales, los desahucios o a cosas tan irrelevantes como el calor en Córdoba. A esto último le dedican otros veinte minutos por lo menos, sin miramientos, con corresponsales diseminados por piscinas, parques y playas, atestiguando con visible regocijo que, efectivamente, hace mucho calor en verano. En aras de una mayor cobertura, repiten las imágenes durante varios días.

Y el broche final, ligeramente postergado por una previsión meteorológica que oscila entre los 5 y los 10 minutos, le corresponde a los deportes. Mejor dicho, le corresponde al fútbol, ya que todos sabemos que no existen más disciplinas deportivas. Sería impensable que los buenos españolitos, tan sobrados de dinero y derechos sociales, tan felices y realizados en sus puestos de trabajo, se quedasen sin saber lo que pasa en el mundo futbolístico durante el verano.

Traspasos y fichajes multimillonarios, partidos amistosos de pretemporada que no importan un comino, declaraciones de los jugadores opinando sobre cuestiones, reconozcámoslo, totalmente superfluas a todos los niveles imaginables... Triste, ¿verdad? Pero oigan, merecen treinta minutos de excelsa cobertura futbolística, en todos y cada uno de los telediarios, que son gladiadores de pega y para eso se les paga: para entretener a las masas y que se callen mientras el gobierno las fusila por detrás.

Hay que agradecer a las reformas laborales y a la espinosa situación económica la supresión absoluta de la mentalidad civil, que incluso en tiempos de bonanza sobrevive enmudecida y ofuscada. A tal punto esto es así, que los ciudadanos vivirían y comerían sin protestar en cloacas, siempre y cuando pudiesen asistir a partidos de fútbol de ratas y ensalzarlas como héroes. Que se recorte lo que haga falta, el derecho a la vida si se tercia, pero que ni se le ocurra a un gobierno jugar con el circo, porque las ovejas se convertirían en lobos y lincharían a los responsables.

Entonces, ¿tanto costaría cambiar esta tendencia negativista que nos hunde en la miseria? ¿No sería acaso posible que los telediarios hablasen únicamente de los pequeños héroes locales, de la gente que ayuda a los desfavorecidos, de los profesores que hacen bien su labor, de los que combaten la contaminación, los incendios...? ¿No podrían los medios de comunicación promocionar y proyectar hechos positivos, la mejor cara de la humanidad, para invertir este descalabro e imprimir un impulso renovador y lleno de esperanza a una sociedad enferma? Motivación, empatía, esfuerzo, superación; valores que esta sociedad necesita para sobrevivir.

En lugar de eso, nos acorralan con la promesa indeleble de la desesperanza. Nos quitan lo poco que nos queda de humanos y nos transforman en robots. Nada importa, nada nos afecta. Impasibles, petrificados. Ausentes de nuestro entorno, de nuestro propio cuerpo. Ahogados en una epidemia de mediocridad que nos insta a conformarnos con lo insuficiente.

Prisioneros en la eterna celda de la indiferencia.

viernes, 25 de julio de 2014

Los Peligros de las Bombillas de Bajo Consumo

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El progreso es un monstruo muy extraño, no exento de claroscuros que conviene analizar en aras de preservar nuestra entereza física y mental. Sin ir más lejos, esos inventos tan novedosos que reemplazan progresivamente a la tecnología obsoleta, y que en teoría nos facilitan la vida o nos hacen ahorrar mucho dinero en las facturas de nuestro hogar, esconden secretos "a plena vista" que podrían causar problemas muy graves de salud.

Con la creciente demanda energética a la que se enfrenta la humanidad, condicionada por un tren de vida que se sustenta sobre una multitud de aparatos en esencia superfluos -pero que son la base del sistema de mercado actual-, y que reflejan perfectamente un modelo de vida hueco y artificialmente atestado por carcasas de plástico programadas para romperse en menos de dos años, la necesidad de adaptar la tecnología a los nuevos tiempos es imperativa.

Así, inventos que nos han acompañado durante el último siglo, como la bombilla incandescente, la de toda la vida, han pasado ya al cajón de los recuerdos, donde su consistencia específica se pudre a la sombra del olvido. Concretamente, la bombilla tradicional era un ingenio que malgastaba mucha energía en forma de calor, no tanto de luz, y que contravenía esa necesidad de economizar recursos, motivo principal de su reciente destierro. Aunque también hay que puntualizar que fue uno de los primeros productos humanos al que se le aplicó la obsolescencia programada para incentivar las ventas...

Hoy en día podemos encontrar muchas bombillas en el mercado, y no me refiero únicamente al tamaño, la forma o la potencia. Los nuevos modelos se catalogan en tres tipos: halógenas, LED (quizá la mejor de todas) y CFL (bombillas fluorescentes compactas). Tanto gobiernos como empresas instan a la ciudadanía a sustituir sus viejas luces incandescentes por estos novísimos y eficientes artilugios, cuya ventaja principal consiste en un notable ahorro en el recibo de la luz y que, a la vez, es un intento insuficiente e hipócrita de respetar el medioambiente.

Pero hay un problema que yo, como ciudadano, desconocía hasta hace poco: las CFL tienen mercurio (cantidades pequeñas que en ningún caso exceden la normativa europea). Si bien la teoría dice que el mercurio está bien cerrado dentro del recipiente y que no entraña peligro, no hay que olvidarse del riesgo de dispersión aérea, ya que es habitual que las bombillas revienten o se rompan de vez en cuando, liberando el mercurio en forma de vapor por toda la habitación. Mientras que es poco probable que la gente se dedique en su tiempo libre a chupar y lamer bombillas, respirar es una actividad mucho más habitual y adictiva para el común de los mortales. Por desgracia, este compuesto es muy tóxico cuando se inhala, y de hecho el cuerpo no es capaz de eliminarlo de ninguna manera si se aloja en el sistema respiratorio, por lo que permanecería en el organismo toda la vida.

Entonces, ¿vienen estas bombillas con un manual de instrucciones adecuado, que permita al usuario tener a mano un protocolo de actuación en caso de rotura? No, y esto es muy llamativo... y peligroso. ¿Están intentando colarnos un producto dañino pero barato en nuestros hogares? ¿Es la salud de la población un producto de bajo coste?  La respuesta es afirmativa.

Cuando hay una fuga de mercurio dentro de una estancia, hay que proceder con sumo cuidado: para empezar, tendríamos que abrir las ventanas y desalojar inmediatamente la habitación. Luego tocaría equiparse con mascarilla respiradora y guantes, y al cabo de unos quince minutos como mínimo, entrar con trapos húmedos y proceder a limpiar los muebles y el suelo, sin olvidarnos de recoger los trozos rotos. El uso de una aspiradora o de una escoba está totalmente desaconsejado. Esos restos deberían sellarse, acto seguido, en una bolsa de plástico, que deberíamos depositar en un punto limpio (la mayoría no lo hará).

Y no nos olvidemos de los estudios que afirman que estas bombillas generan un tipo de luz denominado "luz sucia", que puede provocar fatiga, dolores musculares, cefaleas, trastornos del sueño, cáncer... La contaminación por campos electromagnéticos también es muy grave, y me atrevería a decir que mucho más peligrosa -de largo- que el calentamiento global.

A veces, con la excusa del progreso, se pasan por alto pequeños atentados al sentido común, cuyas consecuencias se difuminarán en las décadas venideras, dificultando la búsqueda de responsables concretos. Y así, dentro de unos años, cuando sea posible condenar X producto o alimento sin temor, porque las empresas ya no los comercializarán y ningún sector económico se verá perjudicado por las críticas, los medios de comunicación procederán a la quema de brujas de rigor. Y, por supuesto, nos venderán otro novedoso invento, que será mucho mejor, más bonito y más barato que los viejos, inseguros, feos e ineficientes cacharros del pasado.