viernes, 19 de julio de 2013

Los Ecos de Syl II

4 supernovas
Las algas trepaban por sus piernas, por su torso. Recubrían su cuerpo por completo, vistiéndolo con un traje de vegetación marina oleoso y enigmático. Aquellos tentáculos de un verde sumamente oscuro se aferraban con tanta vehemencia a su piel que terminaron por fundirse con ella. Las ramificaciones vegetales se perdían por entre sus fibras musculares, se colaban por las rendijas de sus articulaciones, llegando a la cavidad hueca que albergaba su corazón extirpado; hombre y planta eran uno, pero también dos.

Entonces, una sucesión de fogonazos asaltó su mente y lo deslumbró, y él asimismo se sintió brillante; flashes de todos los colores parpadeaban aquí y allá, cegándolo a un nivel tan interno que ni sus ojos podían ver ya. Levitaba ausente, secuestrado por esas lenguas pegajosas que surcaban su tejido epitelial con agresiva sexualidad, conectando su sistema nervioso -humano- al de un organismo más antiguo y eficiente. Pero era doloroso, mucho, y Vaal intuía que aquel ente invasor quería quedarse para siempre, tomar todo cuanto encontrase en la mente del mecanizado tripulante para sí.

Y aquellas algas recordaban demasiado a cables, cables portadores de información. Cables que protagonizaban, entretejían y alimentaban la estructura de una nave, de una ciudad, de una sociedad...; las venas desprovistas de sangre que mantenían viva a una especie en vías de extinción, moral y biológicamente.

Al solaparse con su sistema nervioso central, el soldado vio un lago salpicado de huevos fluorescentes, conectados entre sí, bajo una luna de neón azul; una colmena, un racimo. Dentro de cada esfera burbujeante, una persona dormitaba ajena a la realidad. En sus rostros habitaba lo orgánico y lo metálico y, a la vez, ninguno de los dos. Ni dolor, ni placer. Sobre todo, ausencia.

***

La cubierta médica había sido repintada recientemente con la tan manida combinación de colores blanco-negro. Los bots de reparación de la nave tenían rutinas específicas de mantenimiento, y repintar el fuselaje de la nave iba más allá de una cuestión estética; los microorganismos psy subespaciales podían formar colonias en cualquier superficie, a menos que esta estuviese protegida con una capa de contención Klastos, que inhibía sus procesos reproductivos.

Cada dos meses, unas máquinas con aspecto de hormiga clausuraban temporalmente una sección de la nave para proceder a la Purga. Por así decir, era imprescindible mantener unas condiciones de higiene muy estrictas, en especial en zonas destinadas a experimentación y tratamientos médicos; no hacerlo suponía, directamente, ignorar el índice de entropía, que adulteraba cualquier medición científica y multiplicaba los riesgos de fallo en las intervenciones quirúrgicas.

Además, el blanco y el negro eran la enseña cromática de aquellos que habían decidido dedicar sus vidas a la medicina o a la ciencia en general. Galenos, los llamaban. Pero Vaal no era ningún doctor, ningún científico. Él era un soldado que se limitaba a proteger al personal médico a su cargo, especialmente cuando se realizaban operaciones de exploración en terrenos hostiles o desconocidos.

Ya en la cubierta médica, paseó su mirada por los diversos cubículos de experimentación y localizó a la doctora Maggie, que era su oficial al mando. Era una mujer atractiva, de unos cuarenta años, rubia de cabello ondulado, con el pelo recogido al estilo retro; vestía un traje de falda corta similar al que llevaba Laä y, a mayores, llevaba una bata blanca con un par de punteros y una chapa identificativa. Estaba consultando algo en las pantallas holográficas del laboratorio.

- Doctora Maggie, buenos días -saludó Vaal, en un tono que implicaba respeto y obediencia-. Lamento el retraso.
- Buenos días, doctora -repitió casi al mismo tiempo la risueña androide, recalibrando paralelamente sus lentes oculares para escanear la pantalla y copiar cualquier atisbo de información.

Maggie acabó de teclear un par de códigos y perfiló una sonrisa en la comisura de los labios.

- Siempre llegando tarde -apostilló-, los dos. Vaya par... Tendré que tomar medidas punitivas con usted, soldado Vaal, y con su ayudante Laä. Esto es completamente inadmisible en la Apolo MD -su mirada pretendía ser severa-. Llegar un minuto tarde debería estar penado con la muerte, pero por suerte yo no soy Legisladora ni tampoco una fanática de las agendas apretadas; tampoco se lo contaré al capitán Strata, que por cierto está de muy mal humor últimamente.

La doctora le gustaba, pensó Vaal. Tenía ese toque de informalidad tan poco frecuente en el ejército; bromeaba a menudo y era cordial, sin que ello supusiese empeorar la calidad de sus informes. También compartía con él sus impresiones científicas, a un nivel sencillo y directo, y le había enseñado un par de cosas interesantes en los vestuarios... Era agradable trabajar en su equipo.

- Maggie -dijo el soldado, en confianza-, déjate de bromas. ¿A qué nos enfrentamos? Neva no queda lejos, y lleva fuera de conexión dos semanas -el nerviosismo de Vaal era poco frecuente; quizá la nebulosa estaba ejerciendo algún tipo de influencia en él-. Dos semanas en silencio. ¿Qué demonios habrá pasado allí?
- No te gustan los juegos preliminares, lo sé – comentó la doctora-. No es que me importe, agradezco la eficiencia -se carcajeó-. Mis primeras hipótesis, fundamentadas sobre unos informes del todo incompletos y bastante oscurantistas, sugieren que nuestros viejos amigos están haciendo de las suyas. No obstante, desconozco a qué nos enfrentamos. Ve preparado -le sugirió.

Tal advertencia no era necesaria. Vaal era un soldado y estaba "programado" para luchar en el mismísimo infierno.

lunes, 8 de julio de 2013

Los Ecos de Syl I

3 supernovas
Estaba desnudo, en un lago tan cristalino y enigmático que recordaba a los espacios turísticos de ensueño de la Boskonet, aunque este paraje resultaba mucho más vívido, real y frío que sus homólogos cibernéticos. El agua tenía una tonalidad violácea, un aroma imposible de definir; una luna amarillenta e hinchada de orgullo oscilaba quedamente en el firmamento crepuscular, surcando las aguas a través de un siniestro reflejo.

El satélite semejaba tan próximo a la superficie terrestre que bien podría estar en trayectoria de colisión, a la deriva, buscando un abrazo devastador que condenaría a su amante a la destrucción última. Algo parecido había sucedido en Marte con uno de sus dos satélites orbitales, recordó vagamente, aunque no sabía a ciencia cierta si había sido Fobos o Deimos, ni tampoco la fecha concreta. Allí no importaba en absoluto; alzó la mano y trató de acariciar los cráteres de una luna sin nombre.

Las algas marinas acariciaban sus pies y le hacían cosquillas, masajeando sus fatigadas piernas, atrayéndolo hacia las profundidades... Flotaba a la deriva en la inmensidad, suspendido en la infinita distorsión alucinatoria de lo que creía ser un sueño. No se escuchaba ningún chapoteo, ningún murmullo, ningún sonido. Solo el silencio y la humedad, una extraña sensación de vacío y ausencia.

Era hora de despertar.

***

Vaal abrió los ojos en un camarote pulcro e impersonal, desprovisto de cualquier ornamento y tan concienzudamente ordenado que parecía el habitáculo de un androide. Se tomaba muy en serio el orden y procuraba, en la medida de lo posible, cumplir con lo que se esperaba de él como tripulante de una nave clase MR-7.

A través de la ventana se podía observar el espacio exterior, cuyas diminutas estrellas titilaban en la eterna noche sombría, chillando de dolor, conjurando acertijos que evocaban una pulsión suicida en las mentes más endebles. El ronroneo característico de los motores habilitados para el salto hiperespacial aderezaba la escena, susurrando, murmurando, dejándose notar al principio, pero pasando a un segundo plano en cuestión de segundos.

Retiró ligeramente las sábanas grises de fibra dvnna y se levantó pensativo, sopesando los primeros compases de su viaje y su situación actual. Luego se acercó al estrecho ojo de buey, para echarle un vistazo a la lejana estrella de Kalas, una gigante roja que había entrado en los últimos compases de su longeva existencia. Al verla asintió; estaban llegando a destino.

Todavía sumergido en sus cavilaciones, atípicas en los soldados de su clase, que por norma desterraban cualquier proceso mental elevado al superar el entrenamiento de la Academia, se dirigió a una esquina del camarote. Inmediatamente, una consola holográfica de tonalidad azul brotó de la pared y se activó.

-Buenos días, legionario Vaal -respondió la IA-, el estatus de Y39245LAA es apto para el servicio. Todos los sistemas funcionan correctamente. Sensores dentro de los rangos óptimos. Realizados los chequeos rutinarios con éxito -dijo una voz femenina con acento metálico-. Si lo desea, activaré a su androide sin dilación.

-Bien, hazlo -repuso hosco-. Tengo prisa -siempre la tenía.

Por la tonalidad violácea de la nebulosa que impregnaba el sector, y especialmente por sus lenguas afiladas y amenazantes, la nave había llegado al sistema solar de Orion-9. Su presencia pronto sería requerida en la cubierta médica para ultimar detalles; algo grande se avecinaba.

Se produjo un pitido de confirmación y la pared se desplazó lateralmente, accionada por los comandos de la IA centralizada, dejando al descubierto a un androide con forma de mujer dentro de un tubo de cristal, sumida en Éxtasis. Su cuerpo era completamente blanco, lacado, perfecto, con excepción de las articulaciones, que eran de color negro. Tenía el pelo moreno, lo que en contraste con su "piel" le otorgaba un aspecto cadavérico; su rostro denotaba una tranquilidad más bien propia de difuntos y estatuas. Abrió los ojos, azules y mecánicos, extirpada del misterioso sueño cibernético, y dio un paso al frente en cuanto el cristal del tubo se lo permitió. Las fibras electrónicas de su organismo brillaban con sangre azul -aceites y otros compuestos-, pero en seguida quedaron ocultas bajo un uniforme de cuero artificial de corte militar -sumamente blanco, de no ser por dos franjas negras a cada lado-.

Laä miró a Vaal con una sonrisa pintada en su rostro sintético mientras se lo ponía.

-¿Has descansado bien, amigo mío? -últimamente su forma de ser se había vuelto muy "humana".

-He descansado, pero no lo suficiente. Demasiados sueños. ¿Y tú? -le preguntó él, enfrascado en anudarse la corbata del uniforme, que también era blanco y negro.

La androide rio grácilmente, con una voz joven y vivaracha, incluso juguetona; se aproximó al soldado para hablarle al oído, mientras le ayudaba con el nudo en un gesto muy familiar.

-Siempre me preguntas lo mismo -murmuró-. Yo no necesito descansar. Cuando me conectan, aprovecho para redactar y repasar informes, contrastar información, actualizar software... -y luego le lanzó una mirada tan indescifrable que Vaal intuyó que le ocultaba algo, que estaba mintiendo; imposible.

Pero el soldado no dijo nada. Las nebulosas provocaban a menudo anomalías en los sistemas informáticos, incluyendo sistemas de navegación y androides; todos los soldados conocían de sobra el caso de la Masacre de la Nemo-V87. Era parte del examen de graduación. Terminó de vestirse con prontitud y abandonó el camarote con resolución, seguido muy de cerca por una risueña Laä...