lunes, 17 de noviembre de 2014

Invasión

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Hoy, en uno de esos periplos cargados de nostalgia que realizo a mi aldea natal, y que lamentablemente me obligan a utilizar un automóvil, me detuve por el camino en una gasolinera. Uno de esos puestos avanzados del sistema petroquímico, sí, que alimentan diligentemente a los hambrientos bólidos que desangran sus entrañas por las carreteras nacionales a diario. Incluso el sistema de circulación está enfocado de tal manera que parece incentivar el derroche, pero eso ya es otra historia.

Conociendo mi punto de vista en muchas materias humanas y económicas, bien podría pensarse que esta entrada tiene todas las papeletas de convertirse en un arrebato contra las petroleras, contra el coche o quizá, sin más, contra el capitalismo. Pero no, esta entrada va dedicada a todos aquellos genios de marketing que recurren a palabras foráneas para nombrar lo que ya tenía nombre en la lengua de Cervantes, convirtiendo el idioma en un remedo irreconocible, en una suerte de cacofonía socialmente aceptada.

Esta gasolinera de la que os hablo no es en modo alguno diferente a las demás; cuatro puestos de repostaje, con sus diversas variantes y sabores, restaurante, lavadero, etc. Se observa en ella una zarpa creciente de sistemas automatizados, tan ensalzados por su bajo coste y su rapidez, por su puñetera eficacia; paradójicamente, los consumidores no piensan en los puestos de trabajo eliminados, en la eficiencia sangrienta del paro estructural. El círculo gira en pleno frenesí, mas nos extraña.

Tiempo atrás reparé en que uno de esos puestos era parcialmente de autoservicio -hoy en día ya lo es por completo-, y esta mañana no pude negar que los adornos circundantes vibraban imponentes, atrayendo la mirada con maestría. Pero algo no encajaba. Un gigantesco letrero que pone "self service" escolta el Santo Grial de la automoción... Una palabra o expresión que, como todos sabemos, se usa mucho en España y, en especial, por parte de la gente mayor, más inclinada a las verbas de Shakespeare o Poe que a las de Manrique o Cortázar.

A modo de fiel escudero, el susodicho puesto cuenta también con otro cartel, más discreto, más pequeño, que aclara que el importe de los combustibles servidos en ese puesto es "low cost". Algún renegado lingüístico podría pensar que "bajo coste" tiene casi las mismas letras y que podría perfectamente reemplazar al mensaje en inglés, pero los genios del marketing dirían que no es igual de sonoro, que suena peor y que vende menos. Con lo de "selfservice" y "autoservicio" estamos en las mismas.

Entonces empiezas a hilvanar. Enciendes la tele y el programa de mediocres de turno no para de hablar de los "selfies", que no es otra cosa que un simple "autorretrato", pero cuyas aterradoras imágenes se han puesto de moda y copan numerosos espacios de entretenimiento televisivo, repartiendo ceguera por doquier. Luego escuchas a algún experto en materia de ejercicio físico y la magia brota de forma espontánea: footing, running, stepping, etc.

Usar las palabras nativas en castellano semeja, pues, un atentado contra lo que es "cool" y "smart"; ha caído en desuso y se aconseja, en exclusiva, para tareas vulgares y mundanas. No está "in" aplicar la lógica y servirse del diccionario patrio para hablar, por lo que empezaré a considerar la posibilidad de elaborar mis propias reglas ortográficas o quizá de abrazar irrevocablemente el Esperanto. Aunque claro, cuando ves que en esas mismas cadenas de televisión el uso del castellano es prolijo en incorrecciones -y de las básicas-, el sentimiento de extrañeza se difumina y solo queda una ligera tristeza.

Nos ha invadido la cultura anglosajona y la incultura nacional. Temible dúo tenemos delante de nosotros, pero imagino que no se puede detener la evolución y que la metamorfosis de las lenguas es cuestión de tiempo. Imparable.

martes, 4 de noviembre de 2014

Infausto II

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Llegaron los agentes, como digo, bien armados con papeles y porras. Gritaban la palabra "ley" con lo que me parecieron voces rotas, voces quebradas, voces ásperas, voces rugosas... voces no humanas. La escena semejaba un asaltó, un saqueo, equiparable a los que sufrían los indefensos carreteros en tiempos medievales. Pero en el presente yo era el infractor, el bandido, el ladrón.

Es cierto, mi esposa y yo habíamos contraído una deuda que no pudimos afrontar, arrastrados por la vorágine del consumo y las deseos artificiales de esta sociedad. No teníamos mucho dinero, pero queríamos una casa, un coche, un ordenador, una televisión plana... queríamos un hogar para ser felices. ¿No teníamos derecho a ello, como todos los demás? Fuimos en parte culpables y víctimas, ciegos ignorantes, lo admito. Ahora lo veo.

La crisis nubló nuestros días sin previo aviso, también la enfermedad. Como compañeras inseparables de viaje, como cortesanas núbiles que se dedican a intercambiar chismorreos en los parques y las terrazas soleadas, llenando el ambiente de carcajadas, risas y miradas inquietas.

Yo había dejado mi trabajo de almacenista para probar suerte con la literatura y de paso recuperar la salud perdida, pues la carga continua de pesos me había destrozado. Ella perdió su trabajo a causa del cáncer, un año después; la ley permitía despedir a los enfermos si estos pasaban muchos meses de baja y los empresarios no dudaban en ejecutar sus privilegios, ya que su único objetivo era hinchar sus beneficios. Si el trabajador se moría era irrelevante... Y todo se complicó; cuando hizo falta de nuevo, ya no había trabajo.

¿Pero qué importa eso ahora?

Dos policías me instaron a vestirme, a abandonar mi lastimero estado y renunciar a mi hogar, mientras los demás revisaban las estancias baldías de lo que antaño fue un sitio cálido y lleno de comodidades. Solo quedaban sombras, pero ellas están exentas de cumplir la ley; podían quedarse.

Los agentes se ocultaban detrás de la oscuridad ominosa de sus rostros. No estaba seguro de que disfrutasen con lo que hacían, ni siquiera de que estuviesen de acuerdo con ello, pero no tenían elección. Habían sido entrenados para obedecer, para aplicar la justicia entre el vulgo, la justicia que las clases superiores imponían a los débiles. Si se revelaban pagarían las consecuencias. En un mundo egoísta, nadie lucha por lo que no es suyo; todos los agentes socializadores de nuestra civilización se esfuerzan para que así sea.

Los miré; ellos me miraron. Pero no me veían. Era invisible ya para la ley. Era aire, era nada. No tenía dinero; no había peso en mi existencia. Ligero como una pluma; despreciable. Solo tenían que abrir la esclusa y expulsarme al vacío. Por eso estaban aquí.

Escuché la horrible apertura del mecanismo, el oxígeno que se escapaba al espacio exterior en una bocanada inversa de perdición. Percibí el mordisco frío de la gravedad cero y sus murmullos de zozobra. Noté la sacudida, el tirón, la succión. Y ya estaba fuera.

En el reino de los olvidados.

viernes, 24 de octubre de 2014

Infausto I

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Una multitud vociferaba en el exterior. Llevaban así por lo menos dos semanas, peleando, gritando, desgañitándose en un intento más de defender el sentido común. El banco Alegría, la ilustre entidad financiera que se cernía sobre mí como un ave de presa, no estaba de acuerdo; tenía sus propios intereses.

La policía entró en el edificio con un semblante lúgubre, de esos que prometen futuros inciertos, ataviados con su impoluto uniforme azul oscuro y esgrimiendo papeles garabateados con jerga legal. Los manifestantes seguían enloquecidos a sus espaldas, con sus ojos tristes y su desconcierto; las pancartas brotaban como setas en el otoño. Porque era otoño, sí, meca del color marrón y de las hojas caídas. Y época de cuervos.

Se respiraba un aroma tostado que recordaba a la primavera, pero octubre acababa de desembarcar y ya se intuía el influjo del invierno durante las gélidas madrugadas. La gente, no obstante, apretujada, arremolinada en la acera, vestía ropa más bien propia de estaciones templadas. Los ánimos estaban caldeados; el calor humano venía a simbolizar el último bastión de esperanza de una especie ególatra, envenenada por la avaricia. Pero no importaba: el calor humano no pagaba hipotecas.

Yo me encontraba en el interior de mi vivienda, desvalijada en las últimos meses para hacer frente al pago de la deuda. No tenía televisión, no tenía sofás, no tenía cama... al menos estaba ordenada. Dormía en un colchón de mala muerte en el salón, y lo poco que la caridad me daba iba destinado a comida; mi vestuario ya no estaba sujeto a modas. No fui la primera víctima de esta situación, pero al menos no tenía hijos; si me convertía en un vagabundo, estaría yo solo en la desgracia. Con mis recuerdos.

Mi mujer había fallecido tres meses atrás, víctima de un cáncer terriblemente agresivo. No teníamos dinero para contratar buenos especialistas, así que tuvimos que depender de una sanidad esquilmada por los bellacos que nos gobernaban; no bastó. El diagnóstico había sido tardío, la curación imposible. Era demasiado tarde... Vivir con la certeza de una muerte inminente no resultó llevadero; muchas noches de llanto y muchos días de nubes negras.

En un esfuerzo de hipocresía piadosa, le prometí en su lecho de muerte que yo estaría bien, que no se preocupase por mí... Poco después empezó la caída en picado, y no solo anímica. ¿Cómo podía estar bien? Perdí a mi única luz. El paro, la hipoteca, se me antojaban problemas menores, problemas mundanos que en nada podían compararse a la pérdida de un ser querido, que había sido extirpado de mi lado prematuramente, sin miramientos. Y los cuervos, esos inocentes cuervos, seguían graznando, afanados en sus sinfonías otoñales, teñidas de luces agónicas.

En el mundo real, distante de los recuerdos y las ensoñaciones, en la civilización avanzada y regida por leyes justas y equitativas en la que me encontraba, las pisadas de los agentes resonaban en el pasillo a medida que se aproximaban a la puerta de mi casa; me refiero a ese característico sonido de las botas, a ese sonido plástico, que guarda cierta rítmica y autoridad.

El timbre sonó y semejó un llanto lastimero, el anuncio a viva voz de una condena a muerte. No se equivocaba. Su espantoso chillido se propagó por las estancias baldías, rebotando en las paredes desnudas, arañándome con ferocidad. Pero no me moví, porque no tenía fuerzas.

El ariete reventó la puerta y los policías se introdujeron en el interior del piso esgrimiendo porras y papeles, a partes iguales; papeles que justificaban la privación de una vivienda digna a un ser humano, en aras del beneficio económico de un ente sin alma. ¿Cómo era posible? ¿La ley imponía las porras o las porras imponían la ley?

Yo languidecía en el colchón, encogido como un ovillo, en ropa interior, llorando, recordando. No estaba allí. No estaba bien. No podía estar bien.

No sin ella.