viernes, 24 de octubre de 2014

Infausto I

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Una multitud vociferaba en el exterior. Llevaban así por lo menos dos semanas, pelando, gritando, desgañitándose en un intento más de defender el sentido común. El banco Alegría, la ilustre entidad financiera que se cernía sobre mí como un ave de presa, no estaba de acuerdo; tenía sus propios intereses.

La policía entró en el edificio con un semblante lúgubre, de esos que prometen futuros inciertos, ataviados con su impoluto uniforme azul oscuro y esgrimiendo papeles garabateados con jerga legal. Los manifestantes seguían enloquecidos a sus espaldas, con sus ojos tristes y su desconcierto; las pancartas brotaban como setas en el otoño. Porque era otoño, sí, meca del color marrón y de las hojas caídas. Y época de cuervos.

Se respiraba un aroma tostado que recordaba a la primavera, pero octubre acababa de desembarcar y ya se intuía el influjo del invierno durante las gélidas madrugadas. La gente, no obstante, apretujada, arremolinada en la acera, vestía ropa más bien propia de estaciones templadas. Los ánimos estaban caldeados; el calor humano venía a simbolizar el último bastión de esperanza de una especie ególatra, envenenada por la avaricia. Pero no importaba: el calor humano no pagaba hipotecas.

Yo me encontraba en el interior de mi vivienda, desvalijada en las últimos meses para hacer frente al pago de la deuda. No tenía televisión, no tenía sofás, no tenía cama... al menos estaba ordenada. Dormía en un colchón de mala muerte en el salón, y lo poco que la caridad me daba iba destinado a comida; mi vestuario ya no estaba sujeto a modas. No fui la primera víctima de esta situación, pero al menos no tenía hijos; si me convertía en un vagabundo, estaría yo solo en la desgracia. Con mis recuerdos.

Mi mujer había fallecido tres meses atrás, víctima de un cáncer terriblemente agresivo. No teníamos dinero para contratar buenos especialistas, así que tuvimos que depender de una sanidad esquilmada por los bellacos que nos gobernaban; no bastó. El diagnóstico había sido tardío, la curación imposible. Era demasiado tarde... Vivir con la certeza de una muerte inminente no resultó llevadero; muchas noches de llanto y muchos días de nubes negras.

En un esfuerzo de hipocresía piadosa, le prometí en su lecho de muerte que yo estaría bien, que no se preocupase por mí... Poco después empezó la caída en picado, y no solo anímica. ¿Cómo podía estar bien? Perdí a mi única luz. El paro, la hipoteca, se me antojaban problemas menores, problemas mundanos que en nada podían compararse a la pérdida de un ser querido, que había sido extirpado de mi lado prematuramente, sin miramientos. Y los cuervos, esos inocentes cuervos, seguían graznando, afanados en sus sinfonías otoñales, teñidas de luces agónicas.

En el mundo real, distante de los recuerdos y las ensoñaciones, en la civilización avanzada y regida por leyes justas y equitativas en la que me encontraba, las pisadas de los agentes resonaban en el pasillo a medida que se aproximaban a la puerta de mi casa; me refiero a ese característico sonido de las botas, a ese sonido plástico, que guarda cierta rítmica y autoridad.

El timbre sonó y semejó un llanto lastimero, el anuncio a viva voz de una condena a muerte. No se equivocaba. Su espantoso chillido se propagó por las estancias baldías, rebotando en las paredes desnudas, arañándome con ferocidad. Pero no me moví, porque no tenía fuerzas.

El ariete reventó la puerta y los policías se introdujeron en el interior del piso esgrimiendo porras y papeles, a partes iguales; papeles que justificaban la privación de una vivienda digna a un ser humano, en aras del beneficio económico de un ente sin alma. ¿Cómo era posible? ¿La ley imponía las porras o las porras imponían la ley?

Yo languidecía en el colchón, encogido como un ovillo, en ropa interior, llorando, recordando. No estaba allí. No estaba bien. No podía estar bien.

No sin ella.

jueves, 16 de octubre de 2014

Los Ingredientes de la Bomba

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Tal y como algunos medios internacionales vaticinaban en los últimos días, la debacle ya está preparada y los gobiernos han empezado a implementarla. Las teorías de conspiración, tan risibles para los afectos al régimen, se desatan ahora sobre el mundo sembrando el caos y promesas de calamidades todavía peores.

El día 16, siguiendo el programa de derribo de la economía para allanar el camino al Nuevo Orden Mundial, las bolsas hacían crack de forma inesperada. Inmediatamente después, los índices bursátiles europeos iniciaban su frenético descenso hacia las profundidades infernales, invocando a sombras ya casi olvidadas. Rescates, prima de riesgo, deuda pública... Grecia está al borde del colapso, después seguirán los cerditos del sur -así nos llaman, ¿no?-.

En paralelo, los contagios de ébola se multiplican. Un segundo afectado, que entró por vía aérea, está siendo trasladado al Hospital Carlos III, además de que una de las allegadas de la enfermera infectada ya está presentando fiebre. Lo mismo ocurre en Estados Unidos, con sus propias peculiaridades.

La idea subyacente es crear una epidemia de ébola, con suerte mezclada con la gripe común, y despistar a las masas ignorantes con el terror más atávico. Simultáneamente, se procederá al acoso y derribo de lo poco que queda del estado del Bienestar, y en poco tiempo tendremos ya el sistema que estos hijos de perra llevan ideando décadas. Además de reducir la población, claro, que es la idea principal desde los años 70.

En noviembre se producirán los siguientes pasos del plan. Estad atentos y no os creáis nada. Hoy por hoy lo único cierto es que nos van a hacer la jugarreta del siglo, pero la única respuesta válida es la independencia individual.

jueves, 9 de octubre de 2014

El Ministerio de InSanidad

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Como es normal, durante estos últimos días no se habla de otra cosa que no sea el ébola. La pobre enfermera tuvo la mala suerte de caer en las redes de un gobierno insensible, hipócrita e inepto. Ahora ella paga con su salud y la de sus allegados, y aún no tengo del todo claro que vaya a salir de esta, porque el paciente de EEUU falleció a los pocos días de ser ingresado. Por otro lado, el perro de la afectada fue sacrificado sin dudar, sin siquiera someterlo a pruebas diagnósticas que sirvieran para descartar si tenía la enfermedad o no.

Este ejecutivo que nos malgobierna cerró hace pocos meses el grifo de financiación del Carlos III, hospital puntero en el tratamiento y la investigación de enfermedades de este tipo, allanando el camino para el posterior brote viral. Una desgraciada ¿coincidencia? Otros países de Europa están haciendo lo propio, trayendo de vuelta a sus ciudadanos contagiados en el extranjero, para que las posibilidades de que se produzca una epidemia estén garantizadas.

Por supuesto, en todo este asunto poco se habla del continente africano y de los centenares de personas que mueren al día. En lugar de ayudar a los países adecuadamente, proporcionándoles medios, facultativos y un constante apoyo a su desarrollo económico, se levantan vallas, abandonándolos a su suerte. Meses de epidemia y muerte no bastan para que la comunidad internacional, tan propensa a la inacción y la gilipollez intrínseca, se decida de una vez a intervenir y parar esta locura. La locura del saqueo, el expolio, del pueblo africano y de sus tierras.

Tiene que venir el problema a buscarnos a casa -o importarlo-, para que nos estalle en las narices y todo el mundo empiece a replantearse las cosas. Al final todo se reduce a un asqueroso egoísmo, una epidemia mucho peor que la del ébola y que lamentablemente no tiene cura. Y unida al egoísmo se puede encontrar la ignorancia, ya que son viejos conocidos. Si alguien conoce una vacuna para la estupidez que me avise.

Como pináculo de la ineptitud y paradigma del ridículo, sirva de ejemplo nuestro ministerio de Sanidad. Sus responsables máximos, cargos electos con conocimientos testimoniales de medicina, sentido común o protocolos de actuación ante episodios virales, dejan patente que en este país es mucho más fácil triunfar cuanto menos se sabe. España incentiva la mediocridad y el borreguismo, mientras que los licenciados y doctorados se comen los mocos fregando escaleras.

Ahí están esos responsables, culpando a la enfermera, a que no hace falta ningún máster para sacarse los trajes especiales, etc. Por supuesto, esos mismos responsables no saben cuál es el protocolo, ni cuánto tiempo lleva ponerse el traje o cómo hay que hacerlo. Hablan por hablar, culpando y condenando sobre conjeturas... Poncio Pilatos en puro estado, con ligeros toques de mercenario, asaltador de caminos y ladrón de ganado.

No, señores irresponsables y maestros del escapismo, lo único demostrado es que nos iría mucho mejor con castores sentados en los escaños, mordisqueando las barandillas de madera. Porque tener esta gente en el poder, cobrando sueldos millonarios por no hacer nada, o hacerlo mal, como que no sale a cuenta. En conclusión, lo que tenían que recortar esta ilustre mesnada de economistas afincados en el poder son las cabezas de los incompetentes, pero claro, ellos tienen la tijera bien cogida por el mango.

PD: estos personajillos del PP que con tanto ahínco pedían la dimisión de sus homólogos socialistas cuando se produjo el brote de Gripe A en el 2009, tendrían que aplicarse ahora el cuento, y sin que nadie se lo requiera de antemano.