miércoles, 10 de septiembre de 2014

Discursos

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Estos días estamos de enhorabuena. España va bien, está en la senda correcta, es un modelo de recuperación para el resto de Europa, aunque no debemos relajarnos; todavía son necesarios más recortes y ajustes económicos para rematar la faena y convertirnos en una economía puntera internacional. Una economía competitiva, eficiente, con más "neurona" y menos "ladrillo", que satisface a los mercados como esa amante viciosa que hace todo lo que le pidas.

Las ruedas de prensa se multiplican. Los flashes iluminan los rostros victoriosos de los comandantes de las tropas de la recuperación, y las salvas de gloria por Dios y por la Patria se magnifican como celestiales cantos que pavimentan el orgullo incomparable de ser español. Un orgullo que omite por completo la huida al extranjero de la soberanía popular, el aumento de la brecha entre clases o el nauseabundo teatro de la política más aborrecible. Que a nadie se le ocurra votar a los partidos populistas de extrema izquierda, pues solo prometen caos, anarquía, y arrasarán con este país, precisamente ahora que el PP lo está salvando del naufragio más apoteósico y la Unión Europea y la OCD nos dan palmaditas en la espalda. Esta pseudodemocracia líquida es lo que tiene: para unas cosas somos nación histórica, Madre Patria, con un gobierno elegido por el pueblo, para otras la culpa la tiene "Europa" y no se le puede rechistar.

Entonces, en aras de un afán periodístico mucho más exigente y crítico, nos acercamos al nivel de la calle y comprobamos que eso de la recuperación meteórica bien podría ser un fenómeno esotérico de esos que tratan en Cuarto Milenio con cierto misticismo. Los números no cuadran: seguimos en cifras calamitosas de paro, la tesitura económica de la eurozona pega bandazos hacia la recesión de nuevo, los conflictos internacionales acechan las exportaciones nacionales y ciertos personajes políticos se empeñan en demostrar que vendieron su intelecto al diablo durante sus años de parvulario... Crecer, crecer, crecer, crecer. ¿Hacia dónde? ¿Cómo se sostendrá ese modelo de sociedad?

Mercados, previsiones, porcentajes... Aquí todos son economistas, los telediarios también. Lo único que importa es que el futuro se pinte de verde, que las cosas mejoren un tanto porcentual respecto del año pasado, porque eso significa que todo va bien. Exactamente, ¿qué significa que vamos a crecer un 1.4% o un 2% del PIB para el año que viene? ¿Mejora la calidad de vida o el Goliath del dinero y sus acólitos? ¿Qué significa eso si se consigue a costa de precariedad laboral y social? ¿Dónde está el tejido industrial que pueda absorber a todos los estudiantes universitarios -magníficamente preparados pese a lo que digan- que ha parido España? ¿De qué sirve un país rico si hay personas comiendo de los contenedores de basura?

Se comenta que hay mucho abandono escolar, que un 35% de los jóvenes no acaba secundaria, que sin estudios es imposible encontrar un trabajo y que, naturalmente, se quedarán en paro por ello; España es un país de cabezas huecas, de fuerza bruta y poca inventiva. Pero lo que no dicen es que hay gente con dos carreras fregando escaleras -y desplazando a los trabajadores sin estudios-, o haciendo trabajos muy nobles pero que desaprovechan su talento y formación. Estudiar toda la vida, sacarse una carrera, o dos, un máster y dos cursos de especialización para quedarse en casa tocando el acordeón. Y ya sabéis que no me refiero a un acordeón de verdad.

Mejor aún, que si esa gente tan preparada se queda en casa es porque no quiere trabajar, porque no quiere hacer más de 50 horas semanales por 700 euros brutos -con suerte-; no quiere contribuir a la recuperación de España, ergo es un parásito. Naturalmente, son todos unos haraganes, que es la conclusión más sencilla y evidente. De esto se sale con esfuerzo, con dedicación, renegando de vicios tan innobles como son el comer o tener familia. Aquí se trabaja, se cobra una miseria, y luego se gasta en productos inflados de impuestos... pero con un poco de fútbol o farándula todo se arregla. ¿Soma?

Así pues, los discursos de esta semana son excepcionales, inflaman el corazón de cualquier positivista, pero la realidad subyacente nos dice otra cosa. ¿A quién creer? ¿Creemos a la realidad palpable que vivimos todos los días o a estos personajes que nos mienten a la cara? Porque yo tengo claro que esos mensajes de recuperación no solo son populistas en el mal sentido, sino que también son la falsedad personificada; están haciendo ya campaña para que el año que viene no se produzcan sorpresas inesperadas en las urnas. ¿O acaso no es curioso que hablen de rebajar impuestos en 2015, que coincide con elecciones? ¿Dan dos pasos atrás y luego uno hacia delante para vendernos que hay un avance en derechos sociales?

Que cada uno saque sus conclusiones y se crea lo que quiera creerse. Evidentemente, las minorías poderosas gobiernan para las minorías poderosas, con la complicidad secuestrada de un pueblo zarandeado. Y el pueblo es lo suficientemente tonto como para darles el beneplácito. Tenemos mucho de lo que merecemos, sí, y cambiar esto será duro y a lo mejor imposible si no lo hacemos a pequeña escala. Quizá el primer paso sería no escuchar falacias, no creernos mentiras, pero en "libertad" uno es libre de ser engañado; solo tiene que cerrar los ojos.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Las Ideologías Grupales

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Las nuevas tecnologías, que hoy inundan nuestra sociedad -y en algunos casos se introducen incluso en nuestros cuerpos-, han creado un sistema de redes internacional e instantáneo. Todo la información que se genera en el mundo se difunde más rápido y se extiende entre la población a marchas forzadas. El planeta es una inmensa red neuronal, un amasijo de cables por los cuales viajan los datos, directos de cerebro a cerebro (quizá una deformación del P2P, el Brain 2 Brain).

Este espejismo tecnológico, de libertad de expresión y abundancia de información, ha deformado la percepción que el público tiene sobre la realidad. Nos creemos una especie evolucionada, capaz de superar todos los obstáculos, de mejorar y conquistar nuevas cotas de saber cósmico. Un espejismo que se sostiene sobre delicados pilares de consumismo y placer inmediato, sobre mentiras gubernamentales y prácticas empresariales inmorales, sobre el cinismo y la ignorancia, sobre columnas agrietadas, devoradas por termitas y forradas de bombas adhesivas.

Debajo de ese nivel de bienestar social, puramente utilitario, aderezado con entretenimientos muy diversos y sutilmente delimitado por guerras, epidemias y hambrunas, hay otro nivel, mucho más explosivo. Un nivel que poco tiene que ver con la capa de tecnología actual. Es el nivel de las ideologías, que a la postre se sirven de todos los ingenios mecánicos humanos para difundirse y extender sus garras por el entramado social, hasta formar organismos grupales para perpetuarse -más hambrientos de poder-. Curiosa mímesis de la evolución celular.

Las ideologías, convertidas en cultos que la gente sigue a fe ciega, prosperan reciclándose, reinventándose, adaptándose según convenga para justificar atropellos, invasiones o anulación de los individuos, y son peligrosas si se embadurnan de fanatismo (hay fanatismos ruidosos y otros que pasan desapercibidos). Buscan el control, la dominación, la uniformidad. Aunque algunos de sus argumentos nos puedan parecer comprensibles y razonables, su único motivo de existir es dominar, ya que muchas parten de la base de que el resto de paradigmas están "equivocados". Recurren a las falacias, a las verdades a medias, a la manipulación de la información... con tal de justificar su punto de vista y ganar fieles, incubando nuevas generaciones de esbirros aleccionados, multiplicándose.

Las religiones son posiblemente el peor exponente, junto con los fascismos -de cualquier inclinación política-, pues siempre han sido un motivo de choque entre grupos humanos, un motivo para la guerra, para la muerte y la atrocidad. Aquellos que tan a la ligera defienden unas creencias y ensalzan la bondad de su dios o de su "sistema económico y social", no dudan en masacrar infieles cuando se tercia. Una lástima que aún no hayan comprendido la inexistencia de un paraíso o de una consciencia divina superior; tal punto de vista es ingenuo e infantil, fácil, pero quizá las ratas, los chimpancés y los cerdos también experimenten emociones similares ante los efectos climáticos, atribuyéndoles conciencia y voluntad.

Como ser pensante que ha aceptado la vacuidad absoluta de la existencia, el sinsentido, el no-objetivo e incluso el relativismo total, puedo respetar las religiones siempre y cuando sus enseñanzas sean razonables y sus escrituras sagradas no promuevan la violencia o el sometimiento en ninguna de sus formas. Entiendo la necesidad de creer, el mecanismo de seguridad que impide la expansión del terror atávico, ese que descuartiza la entereza mental. Quizá esté equivocado, quizá no; lo que no puedo hacer es respetar esas religiones cuando originan movimientos expansionistas, asesinos, beligerantes, machistas, etc. La especie humana no está preparada para conformarse con la vertiente individual de un credo; tiene que convertirlo en una excusa para dominar a otros.

Somos una abominación fallida, una especie ególatra y vanidosa, que se regodea en el sufrimiento que ella misma causa. Cristianismo, islamismo... Dos caras de una moneda oxidada, de entre muchas otras, que hoy, cientos de años después, siguen pugnando por prevalecer sobre el resto. Ahí tenemos a ISIS, con sus reivindicaciones sanguinarias, su ceguera, su ignorancia; ahí tenemos a los cristianos occidentales, con sus guerras sanguinarias, su ceguera estructural, su ignorancia. Todos iguales, en esencia: grupos que comparten unas ideas y desean imponerse.

Otras ideologías, de empaque político, científico, económico, tecnológico... son del mismo modo peligrosas, en especial cuando se encarnan en la figura de un líder magnético y temerario. Porque las ideologías no pertenecen a los creyentes, al vulgo, a la muchedumbre apestosa que se pudre en las alcantarillas y los callejones; pertenecen a un selecto grupo de eminentes personalidades que, ¡oh, curiosidad!, gozan de infinitos beneficios al vomitar sus doctrinas sobre aquellos que zozobran en vida sin un asidero firme. Ellos viven según sus reglas, la población obedece.

La única verdad, en conclusión, es que las ideologías son un disfraz para el poder, un ardid. La vía de propagación del poder de unos pocos, que buscan realizar en la tierra sus propios sueños, ya sean de conquista territorial, de propagación intelectual o de metamorfosis social en paradigmas orwellianos. Dominación como sinónimo de supervivencia; primitivo.

Nos adentramos en tiempos avanzados tecnológicamente, pero todavía seguimos dentro de las cavernas. No hemos evolucionado, no hemos avanzado. Ni un puto centímetro. Y aquel que no comprende el pasado y no reniega de los métodos violentos (implícitos o no) que buscan el control, aquel que se cree las falacias, los dogmas, que otros han masticado en su lugar... está condenado a ser un esclavo o una cabeza cortada clavada en una pica. Una nota a pie de página, una foto en un periódico; una víctima de mentiras ajenas.

La masa es como un torrente, y los torrentes circulan única y exclusivamente cuesta abajo. Al precipicio.

jueves, 14 de agosto de 2014

Sinsentidos Estivales y Céntimos Culturales

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El gobierno español demuestra año tras año que es un animal homeotermo, esto es, un animal de sangre caliente que hiberna con el frío. Aunque analizando en detalle su actitud, quizá sería más correcto decir que es un poiquilotermo (de sangre fría), y que está orgullosamente adscrito a las sectas de la política más rancia.

Con la llegada del verano, de las vacaciones, los peludos y famélicos dirigentes del PP salen de sus cuevas y se dedican a redactar leyes con los ojos todavía llenos de legañas -de ahí lo difuso de sus pretensiones-, fantaseando con tijeras y recortes y putadas muy diversas... Estas leyes, pese a influir en asuntos de un importante calado simbólico y social, se aprueban cuando nadie mira con el objeto de beneficiar a pequeños lobbies contrarios al progreso humano, y también para no perjudicar la elaborada fachada de patrañas ideada para engañar al electorado.

Un ejemplo de estos vómitos legislativos fue el Canon AEDE, pero hay más: los medios de desinformación nos sorprendían hace unos días con la cantinela de que las bibliotecas tendrán que pagar derechos de autor a partir del 1 de enero de 2016, para cuando el fascismo no sea una mera sombra, sino una estatua de hormigón bien grande, pongamos de diez metros. Así, a los órganos represores les resultará muy sencillo controlar la cultura (posiblemente opuesta al régimen) que se genera y distribuye fuera del sistema educativo -que ya estará para entonces supeditado a la voluntad de nuestro amado líder y posiblemente en manos de la Iglesia-. En casa hemos empezado a coser esvásticas y aguiluchos a todas las prendas de ropa, para que cuando llegue el momento no nos pillen desprevenidos.

Básicamente, por cada usuario afiliado y por cada libro prestado, estas entidades públicas deberán desembolsar un canon a todo punto esperpéntico. Podemos redondear la cifra, incluyendo ambas partidas, en torno a unos 15-20 céntimos por ejemplar. En una biblioteca de unos 80.000 afiliados con un volumen de préstamos razonable, eso supondría unos 6.000 € al año. Desconozco el margen presupuestario del que disponen, pero no es un gasto para tomarse a la ligera, a menos que decidan abrir una barra americana dentro de sus instalaciones para compensar.

Que sea una imposición de la Unión Europea que el gobierno español llevaba años esquivando no deja de confirmar la necesidad de salir de esa madriguera de ratas. La alianza de países europeos se ha perdido por el camino y no es más que un perrito faldero de USA, cuyos misiles se encuentran en proceso de recalibración contra el orbe ruso.

No obstante, los centros incluidos dentro del sistema docente español -¿existe?- estarán exentos de pagar este canon, al igual que los municipios de menos de 5.000 habitantes. De otro modo, lo que ya es un despropósito bastante soberano, sería un despropósito de proporciones imperiales. Nada fuera de lo habitual en la península Ibérica, ojo, tan prolija en corruptelas, tan propensa a estornudar cuando se habla de cambiar las bases de nuestra democracia o de proponer avances radicales pero necesarios.

Y más allá de lo razonable o de lo que el mercado dicta como justo, que daría para ríos de tinta, hay que centrarse en las implicaciones subyacentes: el gobierno busca asediar y asfixiar económicamente a las entidades que promueven y difunden cultura libremente. Una cultura que ayuda, en teoría, al desarrollo de las personas, a ser más críticas y mentalmente independientes de una verdad oficial manipulada sin denuedo. ¿Interesa una población así? Claro que no.

Con un poco de suerte, dentro de unas décadas y después de una guerra mundial en la que volarán las bombas nucleares por encima de nuestras cabezas, la gente mirará atrás y se percatará de lo estúpidos e inmorales que son los derechos de autor llevados al extremo (entre otras cosas). Todavía hoy hay muchos escritores, músicos y cineastas que se piensan que los "préstamos o las descargas" les restan ventas. ¿Es eso lo único que importa?

¿Seremos capaces de recapacitar? ¿Abrazaremos un progreso exento de interés económico y caminaremos de la mano hacia la cooperación entre todos los pueblos, por el bien de nuestra especie y de las que nos rodean...? ¿O seguiremos obviando a aquellos que no tienen dinero, incluso cuando el hambre y la enfermedad se cobran sus vidas, para salvaguardar los derechos inventados de los timoneles del capital?